Este fin de semana se celebraba la World Expo en Gerona. En esta ciudad, la asociación El Baluard celebra anualmente el concurso “El soldado de plomo”. Este año se ha juntado todo y ha sido la pera limonera.
Llevábamos meses organizando esta escapada, fuimos con parte de la Cuchipandi (Sonia, Josema y Leo) y un par de amigos. Lo pasamos GENIAL.
Nosotros, como siempre, aparecimos tarde. Yo no puedo librar los sábados, y eso hace que lleguemos poco antes de la cena, vayamos donde vayamos.
Lo primero a destacar del fastuoso fin de semana es el Hotel. No había estado yo en uno de cinco estrellas en mi vida (provinciana que es una) Cinco estrellas bajo el lema “El lujo ya no es lo que era”, que digo yo que no sé como sería antes, porque al lujo lo conozco de lejos, pero ahora mola mil... jejeje
Nada más llegar ya tuvimos que pasar a la habitación de al lado, la de Sonia y Josema, a pedir socorro para vaciar el agua del lavabo.
Lo mejor de todo: La bañera.
Y el minibar gratuito, of course.
Al hacer las reservas era uno de los pocos en los que quedaban plazas, y no me parece excesivamente caro para lo bien que está.
Nos fuimos de la habitación con la promesa de bañarnos aquella noche, fuese la hora que fuese.
Pasamos por la feria para ver qué se cocía y tratar de encontrar a los miembros de La Fábrica Roja, el foro de minis de Prizz. El plus añadido del fin de semana era volver a verlos. Al llegar descubrí que el frikimundo es muy pequeño.
Pude conocer en persona a minna, alguien a quien admiraba mucho en los tiempos del ya extinto Cyberdark, hará cinco o seis años. Estábamos juntas en los grupos de literatura y poesía, El tintero del alma oscura, y El club de la medianoche, y casi puede decirse que asistimos al parto en directo de su hija Marina, que estaba allí con ella. Verlas fue algo muy especial para mi. Resulta que además de escribir, también modela y pinta de putísima madre.
Habíamos quedado a cenar todos, nuestros amigos y los muchachos de la Fábrica. Habían reservado en un restaurante, y ese fue el principio del suplicio culinario al que nos vimos sometidos.
El aire acondicionado no se hacía notar y hacía que la boca del infierno pareciese refrescante. Tardaban en sacar los platos, pero echábamos mucho más en falta el agua. Creo que en varios momentos estuvimos al borde de la deshidratación... La comida era incomestible. Un arroz soso, al que habían tratado de dar sabor especiando en exceso (y el agua sin llegar)
Solo diré que entrábamos a eso de las 9.30 y nos dieeeeron las dieeeez y las oooonce, las doce, la una, las dooos y las treeeeeees (vale, nos dieron la una. Suficiente, ¿no?)
La velada se cerró con veinticinco hojas de reclamaciones. Y es que pagar 25€ por barba por un par de calamares rebozados, una croqueta, dos cucharadas de arroz y un postre... (que no pondría yo las manos en el fuego adivinando si alguien del servicio había escupido en él, pues a esas alturas de la cena ya se había liado la parda)
Nos despedimos y nos fuimos nosotros siete por nuestra cuenta a dar una vuelta por el casco viejo, que es precioso, en busca de un velador o algo donde beber algo. Curiosamente, allí todo cierra muy pronto, aunque sea sábado noche. Así que nos retiramos.
A pesar de que al entrar por la puerta del hotel eran ya cerca de las tres, yo me había prometido el baño nocturno en el lago Míchigan. Digo, en la bañera (me sale la vena Pretty Woman). Y es que en los casi diecisiete años que Prizz y yo llevamos juntos, nunca nos hemos bañado. Algo común y cotidiano para mucha gente, pero para mi un pequeño placer inalcanzable.
Llenamos esa bañera con agua hirviendo, y rebuscando entre los paquetitos que había en el baño, encontré una cajita con un jabón en forma de pelota de golf. Pensando que era una de esas bolas que se deshace en el agua la metí dentro. También puse el gel por si las moscas. Y menos mal, porque la bola de golf resultó ser simplemente jabón de manos. Un consejo: nunca os bañéis con jabón de manos en pastilla. Pero luego volveremos a eso...
Me encantan los paquetes de los baños de los hoteles. Había gorro de ducha, jabones y geles varios, body milk, cepillos de dientes y mini pasta, un limpiador de zapatos...
Y lo mejor es lo limpio que está todo. Impoluto. Ni un pelo, oye.
Habría firmado por tener velas y sales, y tomo nota para la próxima vez (porque le hemos cogido el gusto a esto de las bañeras hoteleras y vamos a hacerlo de vez en cuando)
Al meternos hasta las orejas, escuchamos como se llenaba la bañera de al lado jijiji
Estuvimos dentro hasta que el agua se enfrió, y cuando eso pasó, la volvimos a calentar. Hasta que los dedos no eran dedos, si no pasas arrugadas y mustias sin tacto alguno. Y llegando a ese punto, estuvimos un rato más... Me bebí una tónica helada del minibar. ¿Es así como se siente la gente que tiene dinero? Para completar la escena, me lié una toalla en la cabeza. Esto no tiene nada raro, a menos que os diga que en mi cabeza hay un dedo de pelo (estando largo), y que no necesito toalla alguna, pero coño, me hacía ilusión...
Pensé en como Leo había cronometrado durante la cena el tiempo que tarda un cubito de hielo en derretirse. 38 minutos. Yo quise hacer lo mismo con la dichosa bola de golf. Al final no se deshizo entera, quedó algo del tamaño de una canica de las gordas. Aunque gastamos lo suficiente como para que las señoras que arreglan y reponen las cosas en las habitaciones la mirasen sorprendidas pensando en quien había sido EL BESTIA que se había lavado las manos dos millones de veces. Howard Hugs is dead, así que él no fue.
Al terminar nuestro ritual, caímos en la cama flácidos y sin fuerzas.
Dormimos de un tirón sobre esas almohadas perfectas, hasta que el dichoso despertador hizo su trabajo. Maldición. Yo estaba que no podía ni despegar los ojos.
Decidimos almorzar en el hotel, ya que estaba apartado de la civilización. Aunque es justo decir que la razón real es que vi el brillo de los croissant desde el pasillo del primer piso. Me había bañado en una bañera, y quería el completo, así que nos sentamos a degustar los manjares más deliciosos inventados para el paladar matutino. Nos clavaron hasta el fondo, pero que narices, pagamos con una sonrisa. Aún estábamos flácidos y sin fuerzas.
Y sonrientes nos fuimos a ver, esta vez si, la exposición.
Sobre esto, no sabría ni por donde empezar. Este año ya decidimos que no llevaríamos la cámara de fotos, porque siempre hay muchísimas joyas, y terminas haciendo muchas fotos, pero disfrutando menos del momento. Fue un alivio el no tenerla a mano, porque no habríamos llegado ni a la mitad del recinto.
Con motivo del mundial, había vitrinas y vitrinas. Un nivel altísimo para no despegar los ojos de los cristales ni cinco minutos. Y con el aliciente añadido de ir encontrando trabajos de los amigos por el camino.
Había tantísimas cosas, y tan buenas, que no puedo destacar ninguna en particular. Tanto en histórico como en fantasía.
En cualquier caso, una pequeña mención especial a una, ni mejor ni pero que tantas otras, de artista desconocido, pero que tanto a Sonia como a mi nos estremeció hasta el tuétano.
Una mujer sentada en la silla de su comedor, perfectamente detallado, doblada por la mitad y cubriéndose la cara con las manos en un horrible gesto de dolor. En el suelo reposaba un sobre, y en su regazo, la carta. En los laterales de la peana podía leerse “Para el mundo solo era un hombre” “Para mi era un mundo”
Al lado de esa, otra del mismo autor. Un soldado herido mirando la foto de su amada. Se titulaba “Una razón para sobrevivir” Las frases estaban en inglés, y Sonia me las traducía.
Es curioso como hay cosas sencillas que te remueven por dentro. Se me puso un nudo en la garganta. Me recordó esa preciosa frase del Talmud, “Quien salva una vida, salva el mundo”
En lo que al mundial se refiere, España superó a los demás equipos. ¡Yujuuuuu!
Y es que oyes, ni me inmuto si ganan la eurocopa, pero cuando hablamos de artistas de tomo y lomo me siento muy orgullosa, ya lo creo.
Y en fin, que nos gastamos un dineral en los stands de las diferentes casas. Hacían descuentillos interesantes, y entre eso, y que nosotros tenemos que morir al palo y pedir por internet añadiendo los molestos gastos de envío... Un día es un día.
Espero ir poniendo el resultado de las compras en breves (dentro de lo que a Prizz le resulta “breve”). La parte buena es que siempre sale de los eventos con muchas ganas de pintar y energías renovadas. Yo le pedí tres encarguitos personales que se me ocurrieron al ver algunas de las piezas, ya que estábamos.
Lo pasamos genial, y esperamos repetir ;)