Eso es lo que tocó ayer.
Estábamos Prizz y yo preparándonos para pasar una bonita noche atrincherada, escapando de los alaridos futboleros vecinales, cuando al ir a cerrar la ventana de la habitación vi alucinando pepinos, como TODA la basura del barrio giraba enloquecidamente en una espiral de desenfreno y caos. Coño, ¿qué es eso? Parecía un pequeño tornado. Pequeño, considerando las dimensiones de uno de los que se ven por la tele... éste era de andar por casa pero acojonaba igualmente... sobretodo al ver el coche aparcado en la calle. ¡¡El coche!!
En esta zona las tormentas de dos minutos son famosas. Dos minutos para destrozarlo todo parece poco tiempo, pero solo hay que fijarse en los terremotos, que duran segundos. Mientras pensaba, escuché las sábanas tendidas pidiendo socorro. Cerré la ventana y llamé a Prizz para que me ayudase a recogerlas. Al salir al balcón ya había empezado todo. Casi no tuvimos huevos de quitarlas, y menos mal que me acordé, porque hubiesen volado arrancadas de la cuerda, seguro. La cosa ya me preocupó en ese momento. Cerrar el balcón y pensar que los cristales van a reventar no es una buena señal. Y el coche en la calle. Y teniendo garaje...
Decidimos en un momento que igual nos daba tiempo de meterlo. El garaje es el del señor R, que vive algo lejos de casa, unos siete minutos a pié. Siete minutos no parece demasiado en circunstancias normales, pero ayer...
Agarramos lo primero que pillamos, porque ya estábamos en pijama, y salimos. Al llegar al portal se fue la luz de toda la calle.
Cogimos el coche, y al girar la esquina vimos como pasaba un árbol perseguido de cerca por una valla de obras. Oh, oh... Sería irónico que por querer guardar el coche por miedo al granizo nos fuésemos a escalabrar nosotros... pero joder, es que el coche solo tiene tres años, y verlo completamente abollado ya me estaba doliendo igualmente. Aquí cuando graniza, GRANIZA.
El plan era llegar hasta el garaje, y si la tormenta se había desatado esperar en el portal y verla desde allí, que remedio.
Cuando tocó chufa fue todo un alivio.
Al salir, paramos unos segundos en el mismo porche para que Prizz se quitase una piedra de la bota. En ese momento se fueron todas las luces (otra vez). Tuve como una especie de visión apocalíptica espeluznante. Se escuchaba silbar el viento, un rugido tremendo de un trueno permanente, cada tres segundos se hacía de día con una serie de varios relámpagos seguidos, y... de fondo, la musiquilla de las sirenas de policía y bomberos que corrían por toda la ciudad. Para poner la guinda, España marcó en ese momento y los gritos se sumaron a todo lo demás.
Corrimos. Corrimos con los talones pegando al culo. Yo solo pensaba en si algún lumbreras había dicho que cuando hay tormenta eléctrica no se debe correr, pero no me acordaba. No se puede ir bajo los árboles, ni llevar nada metálico, ¿no? Pero lo de correr no lo tenía muy claro. En cualquier caso no dejábamos de hacerlo. Las tormentas eléctricas me ponen los pelos de punta. Me dan pavor (y si me pillan fuera, para que quieres más, Tomás) Lo más inquietante era que en la calle no había ni un alma. Si una farola impacta en nuestras cabezas nadie nos hubiese socorrido.
Al llegar a la última esquina ya había empezado a reducir. Nada de granizo, entonces.
Los bomberos estaban frente a la casa de Mon Mère y me asusté. Un par de árboles habían caído sobre un coche. Un coche aparcado tres metros delante de donde había estado el nuestro. Buff, que mal rato.




