Esta tarde al salir de trabajar he pasado por casa de Mon Mère. Ha estado reformando un poco y poniéndola guapa. Eso significa meterlo todo en cajas de cartón y sacar viejas cajas dónde lo metiste todo la última vez (un horrible bucle sin fin del que es casi imposible escapar).
Encontró cosas de mi padre, como las medallas que consiguió en deportes de montaña, la pajarita de plata póstuma al aragonés del año en deportes del 86, y la medalla, también póstuma, que el alcalde le entregó a Mon Mère el día que lo enterramos. Para recibir honores nada como morirse. Pese a que no me gustan demasiado este tipo de cosas, me ha hecho mucha ilusión el reencontrarlas y ser yo la que las guarde. Las pondré junto a las otras cosas suyas, como los periódicos que descubrí en casa de mi abuela al recoger sus cosas cuando esta murió. Periódicos con la noticia de la tragedia, que entonces, por ser pequeña decían, no me dejaron leer. Y ese rollo dónde la gente firma cuando acude al tanatorio, y deja grabados sus más sinceros pésames, y palmaditas en la espalda, y esos “ya sabes dónde estamos para lo que necesites”. Lo guardaré todo junto en una caja. Aparte de fotos, es lo único que me queda.
Pasando a cosas más alegres, las conversaciones sobre recuerdos siempre te llevan hacia atrás. Le he comentado mi afán por reencontrarme con mi pasado, que siempre he sufrido pero que se ha visto muy acentuado últimamente. Ya empecé con los ponis a principios de año, y haciendo limpieza en casa de mis abuelos arrastrando todos mis cuentos. No conservo muchas de las cosas que me gustaría, pero en fin, puedo decir que tengo bastantes de las que tienen un gran valor sentimental. Mon Mère se ha ofrecido a subirse al altillo y a asomarse un poco por el garaje, así que nos hemos armado de silla y escalera, y mientras ella me iba pasando, yo gritaba descontroladamente ante el descubrimiento de una nueva joya.
Varios álbumes de cromos, entre los que no estaban los de los pequeños ponis, pero si en cambio el de monstruos (que casi me provoca un desvanecimiento al volver a ponerle los ojos encima). Montones de cuentos clásicos muy especiales, mi libro de Momo que di por perdido... La edición de Mon Mère de Los Cuentos de Celia, junto con la "nueva" que ella compró para mi. Estos casi me hacen llorar. Los releía una y otra vez sin parar, y es lo que voy a hacer en cuanto termine de escribir hoy. Dios, es genial.
También hemos rescatado Como se hacen los niños, de Ana Westley. Un libro que marcó mi infancia. El despertar a la pubertad tenía para mi tapas azul celeste. La verdadera historia que los padres nunca quisieron contar... Durante mucho tiempo, el parto y la regla fueron auténticas películas de terror. Hoy lo miro y me parece un libro muy educativo, aunque explícito, eso si jejeje Del óvulo y el espermatozoide a la mesa de quirófano en trece páginas. Un libro dónde las mujeres tienen curvas, y los hombres pelo en el cuerpo. GENIAL.
Y la verdadera joya de la corona. Una segunda edición del 52 de A través del espejo, de Lewis Carroll. Me han sudado las manos y todo... Amarillo, con las páginas firmemente cosidas y el lomo inexistente. Una maravilla indescriptible.
El gran ausente ha sido El ratoncito Chiu, También de Mon Mère. Yo lo leía y me gustaba horrores, y me hubiese encantado atesorarlo con todo lo demás. No pierdo la esperanza de que aparezca en La Gran Batida de este verano :)
Generalmente suelo hacer acopio de recuerdos familiares en casa de mis abuelos maternos. Ya se sabe como son los abuelos, que quieren dejarlo todo en orden y andan repartiendo cosas que piensan que irán a parar al contenedor más cercano cuando ellos no estén. De mi madre no tengo muchas, y guardar estos libros es muy importante para mi. También ha prometido darme las piezas artesanales del belén que hizo el hermano de mi abuela, que era un artista. No me gusta ese rollo de la navidad, los adornos y demás, ya me conocéis, pero hay algo que el día que mis abuelos falten estará presente en mi casa. El primer y único adorno. El niño Jesús de cerámica que mi abuela, con todo el cariño, coloca en el recibidor de su casa cada año desde hace ya muchísimos, y esas figuritas hechas a mano por su hermano, que la dejó muy joven también y a quien siempre ha echado tanto de menos.
Los recuerdos familiares y de nuestra infancia nos ayudan a saber quienes somos y de dónde venimos, por mucho que suene a tópico barato. Esos pequeños detalles de los que estamos compuestos y que fueron tan importantes para las personas que queremos, son tesoros que nos ayudan a conocerlos y comprenderlos.
Cuando ya no estamos vivimos a través de los demás, y es importante que nos recuerden, antes de que nos perdamos en el tiempo...
Y es que como dijo algún lumbreras, hay algo que escuece más que la propia muerte: el Olvido.